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Doloroso para el Meta, para Colombia y para el periodismo la ida de Daniel Coronel y la Tata, dos exponentes de los medios de comunicación, que agobiados por el sufrimiento se vieron precisados a abandonar la tierra que los vió nacer.
Son múltiples los factores que se aducen y seguramente comprenderlo en toda su magnitud genera raciocinio ilimitado.
El periodismo en Colombia es de sufrimiento, y los periodistas, así muchos no lo crean, es una actividad que genera mil preocupaciones, casi que en todos los campos, pero especialmente en el de las relaciones gubernamentales y políticas y con los sectores que son enemigos de que se les aluda, porque quedan heridos en su susceptibilidad, cuando se habla o escribe acerca de sus actuaciones.
Claro que en ocasiones el periodista abusa de su condición, se desboca, se convierte en juez y en parte y se desubica profesionalmente, una veces por inexperiencia, otras por fanatismo o pasión desaforada a una causa, pero lo que es más doloroso, en este presente, halagado por el dinero, influenciado por el poder y animado por quienes lo tienen y le hacen ofrecimientos que lo pueden redimir económica, social y políticamente.
Esto último se practica, para desgracia de quienes ejercemos el periodismo y entonces los medios, llámense noticieros, radioperiódicos, magazines, revistas, periódicos y hasta espacios musicales y deportivos, tentados por el billete, impulsados por la pauta, tocados por la zalamería o empujados por un mejor porvenir, deforman la noticia, modifican la información, y cambian la veracidad, responsabilidad y rectitud y ética por el oportunismo, la alabanza, la entrega, destruyendo la actividad periodística para convertirse en serviles de quienes o quienes les apoyan para alcanzar vida de potentados, o al menos sin demostrarlo guardar lo indispensable para pasar una vida mejor, así finja para engañar no solo con su condición entregada, sino con su comportamiento.
A Dios gracias, aún queda para gloria de los medios de comunicación, muchos periodistas sanos, honestos, honrados, sacrificados, dispuestos a seguir en la lucha y decir las cosas, tal como acontecen, obvio que con la autocensura obligada para conservar la vida. Por eso cabe recordar lo expresado por el periodista Jorge Zalamea en El Gran Burundun Burunda ha muerto:
Hongos de las redacciones periodísticas, piojos de los pasillos del congreso, habían sido los sacapruebas en las noches del Escribidos; habían formado la “claque” en los días del Gran Vociferante.
Estafetas del chisme, lacayos del rumor, correveidiles de la calumnia, estilistas del “se dice”. Aurigas del escándalo, husmeadores de sábanas, correos del anónimo…. Se disputaron horneros de la fragua en que se reducía a cenizas la vieja casa. Y pasaron luego de simples mozos de gabela.
Y ahora verdes de envidia, amarillos de despecho, grises de miedo, relegados en la hora del botín y relegados en el orden del desfile, resultaban idénticos a si mismos.
Y concluye Zalamea: “Hijos del moho, bastardos del polvo, duendecillos de la basura; orín de las cuchillas de afeitar, liendres de los poderosos, ladillas de los botarates; caspa, sudor y hedor de los que mandan; lívidas efímeras de las pesadas aguas de las alcantarillas”.
El periodismo que es labor de inteligencia y de conciencia, se debe y tiene que ejercer con la mayor responsabilidad, con mucho tino, con sumo juicio, propendiendo que la información sea veraz, objetiva, cierta, porque la comunidad tiene pleno derecho a confiar en el periodista, pero el periodista tiene la ineludible obligación de narrar y decir lo que es cierto, salvo que haya sido engañado o que por circunstancias ajenas a su voluntad se vea precisado a modificar la información.
El exilio que se dio Daniel Coronel nos duele, porque es un llanero, es el hijo de Balliyo, el presentador, el periodista, el escritor, el pedagogo, el folclorista. El amigo. Porque Daniel se hizo a pulso, con mucho esfuerzo, porque ha demostrado que sabe el oficio y porque Coronel tiene derecho a vivir en el ejercicio de su profesión.
Quiera el Divino Hacedor no tener que volver sobre esta temática y que los medios de comunicación puedan informar libremente, sin cortapisas, sin censura, sin las afugias que ahora se pasan en las redacciones de los noticieros independientes, integrados por los periodistas que no se casan con los funcionarios estatales, amantes de la zalamería y que tienen que, necesariamente, mantener a ciertas personas que en mala hora son periodistas, pero que lesionan, desprestigian y deshonran al gremio.
Ojalá que Nuestra democracia se consolide,. Que los esfuerzos que se hacen para lograr la paz, den sus frutos, y que Daniel, su mujer, su niña y otros periodistas desterrados retornen a su natal Colombia.