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<p>Doña Ana Josefa Vera Garrido. Foto: El Mundo de don Petro.</p>
Arauca

Y a los 75 años, Josefa supo firmar

Por: Narda Lisbet Guerrero Alvarado
Coordinadora del Instituto de Estudios de la Orinoquia
Universidad Nacional de Colombia, Sede Orinoquia

Hasta comienzos del año pasado a doña Ana Josefa Vera Garrido le daba algo de vergüenza mostrar su cédula.

Y la pena que sentía no es porque el documento estuviera ajado por los 36 años que llevaba consigo o por que la foto no la favoreciera. Su vergüenza se debía a que en la parte inferior, en letra imprenta, aparecía una leyenda que le fastidiaba: “manifiesta no saber firmar”.

Pero hoy, el asunto es distinto, muestra orgullosa su nueva cédula. No hay necesidad de pedírsela cuando su mano un poco temblorosa entra presurosa en su cartera café para extraer el documento y mostrar con orgullo que allí está plasmada su firma, de su puño y letra.

No teme mostrar su cédula, ni que se sepa que llegó a la vida en 1934. No, ella lo único que quiere que la gente sepa es que a sus 75 años aprendió a leer y escribir.

Desde hace 10 meses puede imprimir su nombre y lo vive haciendo. Ahora escribe en los papeles que llegan a sus manos y trata de leer los periódicos y revistas que por cualquier circunstancia caen a su rancho.

Sus primeras letras las aprendió gracias al programa de alfabetización para adultos Acrecer, que implementó desde 1987 la Asociación Cravo Norte en algunas veredas de Arauca y Arauquita, especialmente en las cercanas al Complejo Petrolero de Caño de Limón. Pero si bien hoy doña Ana Josefa, de ojos vivaces y un claro acento llanero, se siente feliz de haber logrado aprender a leer y escribir, su historia no ha sido fácil.

Ella llegó desplazada hace unos 6 años a la capital araucana desde la vereda Feliciano (Arauca). Su vida transcurría, como la de cualquier campesino araucano, en el fundo Los Mapurites. Allí, junto con dos hermanos se dedicaba a la ganadería y la siembra de algunos productos de pancoger.

Escuchaban de la violencia por las noticias de la radio. Sin embargo, una mañana les llegó vestida de camuflado hasta su predio. Varios hombres, que se identificaron como miembros de las autodefensas aparecieron por el rancho. No hubo disparos, pero si una orden perentoria, de esas que muy pocos se atreven a desobedecer. Tenían que salir de inmediato.

Atrás quedaron las 280 cabezas de ganado, seis burros, cinco perros, más de 50 gallinas y una decena de marranos. Todo esto hacía parte de la herencia que les habían dejado sus padres y que ella y sus hermanos se habían esmerado en incrementar.

Ahora, metida en una pequeña y calurosa vivienda de Arauca, alejada de la sabana de sus sueños, del canto del alcaraván y del olor a mastranto, asegura que Acrecer llegó a su casa para crecer de verdad pues nunca había tenido la oportunidad de encontrar quien le enseñara a leer y escribir, sueño que tuvo desde niña y que se imaginaba mientras cargaba la leña para la cocina de su mamá.

Y para ella aprender a leer y escribir casi que fue un asunto de vida o muerte, por eso se lamenta de no haber aprendido esto cuando joven. Por culpa de su analfabetismo, casi pierde la vida, pues no atendió una carta que le enviaron los paramilitares en el 2002, donde le advertían que debía abandonar la zona en menos de 36 horas.

“Yo guardé la carta a la espera que llegara alguien y me la leyera, pero eso nunca pasó y llegaron primero ellos a sacarme”, relata esta mujer mientras muestra una rodilla vendada, que aún no se recupera de la apresurada huída que debió emprender.

“La carta nunca la leí porque allá se quedó y como nos quemaron todo. Después un vecino fue el que me explicó qué decía esa carta”, comenta mientras lanza un escupitajo de chimú.

Pero enseguida, le vuelve la alegría al rostro y da gracias a Dios por haber encontrado a Dioselina Hernández, la facilitadora de Acrecer, quien la invitó al programa que hoy le permite leer los precios en los supermercados y no tener que ir a preguntarle al cajero cuánto vale cada caja o bolsa que necesita comprar.

Recuerda que los primeros días, mientras ella aprendía el camino, Dioselina la llevaba hasta el centro educativo.

El Programa, que inicialmente se desarrollaba en veredas aledañas a Caño Limón y con los trabajadores del complejo petrolero que no sabían leer y escribir, hoy se ha abierto camino y se empieza a extender por todo el país.

Esta experiencia exitosa fue expuesta al Ministerio de Educación por parte de la Fundación El Alcaraván, que opera el proyecto, y fue obsequiada por las entidades dueñas de la idea, como una contribución a las regiones donde aún hay analfabetismo. Ya ha llegado a Meta, Guaviare y Santander y próximamente será adoptado por la Fundación Manuel Mejía, de la Federación Nacional de Cafeteros, para implementarlo como programa pedagógico en los sectores donde tienen influencia.

“Fue declarado como el mejor programa de alfabetización para adultos en el país en el 2009. Le permitió a veredas como La Esmeralda, La Pesquera, Totumal y Las Acacias de Arauca, ubicadas en la zona de influencia del complejo petrolero de Caño Limón y otras 39 más a lo largo del oleoducto, lograr un índice de 0 por ciento de analfabetismo, según lo contempla la resolución de la Secretaría de Educación Departamental 1499 del 16 de junio del 2009”, comentó el secretario de educación departamental José Orlando Céspedes.

El proyecto, en el caso de la primaria contempla un plan de estudio de 20 meses, el cual es dictado por unos facilitadores que tienen conocimientos de docencia y líderes en sus comunidades. Por supuesto que los facilitadores reciben una capacitación previa en metodología, recreación, informática, manualidades, liderazgo, salud y comunidad.

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