Leyendas llaneras


El chivato o diablo

Muchos llaneros antiguos cuentan haber escuchado el berrido de un animal en las oscuras noches de las planicies araucanas. Otros con alardes de valentía mal disimulada y con la espontaneidad que caracteriza al habitante de estos parajes, dicen haber visto muy de cerca la figura de un imponente animal con características de chivo.

Los ojos de este animal, dice don Pedro, un viejo llanero, conocedor de todos los peligros y misterios que asechan al caminante del inmenso e impredecible llano, asustan hasta a los más cogotudos y temerarios, son llamas de fuego que erizan la piel y hacen perder el sentido.

Un día que me encontraba cazando, cuenta Pajarote, un llanero de los que no han conocido nunca el miedo, se me apareció el bicho. Con la tranquilidad del buen cazador levanté mi escopeta cargada con guáimaros tigreros, mientras pensaba: “te jodiste bicho del demonio”. Apunté directamente a los ojos para borrar de una maldita vez esa mirada que estaba empezando a producirme cosquilleo por todo el cuerpo. El estruendoso disparo hizo eco en toda la sabana, igual que el sonido de un cañón.

En este preciso instante cerré los ojos cegados por el humo pero también para pedirle a mi Dios que las cosas me salieran bien.

Cuando los abrí nuevamente, cual no sería mi sorpresa cuando, petrificado, pude ver que el animal me sonreía, cada vez más imponente. El poco de valor que me quedaba empezaba a esfumarse así como lo hacía la oscuridad para dar paso al

clarear matutino.

Rayaba el alba y yo seguía ahí, entumecido, mi cuerpo no atendía a la orden de correr, de alejarme del peligro, estaba completamente engarrotado, seguía allí en el mismo sitio, parado, como si los pies estuvieran fijados en el suelo.

El animal seguía observándome y sonriendo como recreándose con el miedo que me producía su llameante mirada, las fuerzas me abandonan; era una sensación que no había sentido nunca en mi larga existencia de llanero trujano, acostumbrado a enfrentar los peligros de la sabana.

Apenas si pude levantar mi mano derecha para hacerme la Santa Cruz, cuando el bicho empezó a moverse en mi dirección lo hacia lentamente, sintiéndose dueño de la situación, como recreándose con mi miedo.

Ya la sabana se había poblado con la claridad matutina y podía observar mejor la imponente figura del animal. Dos metros de altura, unos ojos llameantes y dos grandes carameras pendientes de una cabeza demasiado pequeña y unas garras como de tigre conformaban el aspecto del ser más impresionante que el hombre haya visto; lo puedo jurar por el mismo Jesucristo.

El animal se acercaba cada vez más y yo ahí, parado, sin acertar a sacar el cuchillo que colgaba de mi cintura como un adorno o un simple recuerdo de los peligros que con él había enfrentado.

Ya el animal estaba a menos de tres cuerpos de distancia y se disponía a saltar sobre mí, indefensa presa. De pronto se detuvo, el canto lejano de un gallo hizo que por un momento se olvidara de mí y mirara con terror el lugar de donde provenía la voz de mi salvador; luego volvió la cabeza retrocediendo por donde había llegado, todavía me lanzo una fulgurante mirada con sus llameantes ojos antes de desaparecer definitivamente por la maraña selvática.

Días después, al contar la historia me di cuenta que le debía la vida al canto de un gallo. Ese animal, me dijo don Silverio, un anciano llanero que se las sabe todas cuando de aclarar misterios se trata, representa el gallo de la pasión, aquél que anunció la venida de Cristo.


Tomado del libro: 
De la tradición y el mito a la literatura llanera. Tercera edición: corregida y ampliada
Autor: Temis Perea Pedroza