Leyendas llaneras


Con dios... y con la virgen

¿Con quién vamos?

-Con Dios

-Y con la Virgen...

Una maniobra del patrón en la espadilla echó la canoa a la mitad del río, y comenzamos a avanzar río abajo acariciados por la brisa. Pocos momentos después empezó el boga a encarecer la conveniencia de no emprender nunca un viaje sin implorar a Dios y la Virgen.

“Ellos siempre están prestos a acompañar al cristiano y saltan a bordo cuando uno los nombra, en su compañía todo marcha bien yo nunca los he visto, pero he sentido su presencia en el instante de peligro, cuando el tronco invisible entre dos aguas adelanta su golpe traicionero, o cuando un caimán atrevido, que los hay a veces, sigue de cerca a la canoa para atacar de sorpresa, o cuando la culebra macaurel que permanece adormilada en los guamales se lanza entre los pasajeros sembrando el pánico.

Por el contrario, prosiguió enfático estableciendo el contraste, cuando se les deja en tierra no se anda una pulgada sin que el viajero esté expuesto a los peores peligros. De pronto, como ha sucedido muchas veces, se le hace un roto inexplicable a la canoa, que empieza a hacer agua y a hundirse sin dar tiempo para nada. Otras se vara de golpe en la mitad del río, sin que haya banco alguno de arena, o comienza a dar vueltas como si la hubiera atrapado un remolino. Si no es que a los que van adentro les sucede alguna desgracia, como la que le sucedió a Pedro Gómez y su mujer.

Cuentan que cuando Pedro le preguntó con quién iba, ella le respondió que si Dios quería acompañarlos, saltara a bordo por su propia voluntad, pues ella no lo llamaba.

Llegaron al lugar donde estaban cortando la madera y ya en la nochecita María resolvió bañarse. Al acostarse, como tenía el pelo húmedo, lo echó fuera del mosquitero para que se le secara con la brisa. A media noche llegó un tigre y oliendo carne humana, la sacó de la hamaca y se la llevó por la sabana. La mujer gritaba en la oscuridad de la noche, pero el hombre, víctima de un miedo inexplicable, se metió en la canoa y se tiró para la orilla opuesta.

El relato quedó en suspenso por unos momentos. Meditaba en la fe sencilla de estos bongueros, que de manera tan directa ejemplarizaban sus creencias religiosas. Dios es imprescindible, concluí, especialmente en vidas como éstas, abocadas sin cesar al peligro.

Alentado en sus creencias, en las cuales se emparentaba la fe religiosa con la leyenda, el marinero que había permanecido silencioso, rompió su mutismo, lanzó al agua un negro escupitazo de chimó, y maniobrando de nuevo el canalete, comenzó a narrar el episodio del Caño Santa Clara; cuando un tal “Gavilán”, a quien apodaban así por ser un ladrón empedernido, se robó una canoa para llevar a un caserío unos víveres que de igual suerte había adquirido en un hato vecino.

Gavilán acababa de entrar a la curiara cuando entre la oscuridad de la noche vio a un hombre alto que le dijo con voz bronca, saltando dentro de la embarcación: “Gavilán, me voy contigo”.

A Gavilán no le gustó la cosa, porque un acompañante desconocido sobre todo cuando se viaja por un río solitario en la tiniebla nocturna, tiene que ser muy incómodo. Sin objetar, por el temor al desconocido, Gavilán accedió a llevarlo.

Más le valdría no haberlo hecho, por que el desconocido, que era el mismísimo diablo; al llegar la canoa cerca de un remolino, comenzó a girar como un trompo, tan vertiginosamente que su cuerpo como que se gasificó, soltando una humareda azul. Lleno de terror, gavilán pronunció un Ave María Purísima, que hizo que, siendo las doce de la noche, clareara inmediatamente el día. Esto le devolvió la tranquilidad al navegante y lo aleccionó de tal manera que a partir de esa fecha Gavilán dejó de ser ladrón.


Tomado del libro: 
De la tradición y el mito a la literatura llanera. Tercera edición: corregida y ampliada
Autor: Temis Perea Pedroza.