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  • Última actualización 2026-07-06 16:06:23
Los araucanos en alerta máxima por posibles atentados terroristas, la finalización de la negociación del Estado con guerrilla del ELN, ha generado zozobra en la ciudadanía, estamos volviendo al pasado.
Arauca

Arauca, volviendo al pasado

El proceso de paz del Gobierno con el ELN estaba por iniciar el quinto ciclo de conversaciones en La Habana, pero el atentado a la escuela de cadetes de la Policía General Santander -que se cobró la vida de 21 personas-, hizo que se suspendiera; y como efecto colateral, el departamento de Arauca retrocedió en el tiempo, al menos unos 20 años.

En aquel entonces, a las 6:00 pm, ya no había un alma sensata en la calle. Después de todo, no estaba entre las perspectivas del araucano común, que su nombre apareciera en la lista de heridos o muertos en los habituales tiroteos de la zona rosa de la ciudad. Y desde que volaron con explosivos unos cajeros bancarios, nadie quería estar «en el lugar equivocado».

Cualquier vehículo viejo que estuviera mal parqueado era sospechoso de contener explosivos. Y varias veces así fue, tanto en el casco urbano, como en el rural. No importaba si era una bicicleta, una caja o una bolsa. No se podía confiar en nada, ni en nadie, aparte de Dios.

La situación llegó a tal punto, que el que quería comprar casa, evitaba las que estuvieran cerca de una estación de Policía o guarnición militar, por temor a que perdieran su inversión con los atentados que solían hacerle a la fuerza pública.

Hoy, más de 20 años después, la situación no difiere mucho del pasado.

Son las 6:30 de la tarde en el municipio de Arauca. En la carrera 23, cerca del sector conocido como 5 esquinas, hay el mismo ambiente de siempre, con mucho tráfico de vehículos y los negocios y sucursales bancarias funcionando con el mismo flujo de siempre. No obstante, también hay casas de familia en esa zona.

Todo parece normal, hasta que alguien avista una especie de caja en el enramaje de un árbol, frente a una vivienda. La gente del lugar llamó inmediatamente a la Policía, que llegó y acordonó la zona con vallas y camiones repletos de policías. Un perro entrenado en descubrir explosivos llegó hasta la caja, anduvo a su alrededor un rato olfateándola y finalmente, se sentó frente a ésta. Era la peor señal, la que que todos temían.

El técnico antiexplosivos se acercó con su traje especial e hizo su trabajo, mientras el resto del cuerpo policial evacuó la cuadra y sus cercanías. No era de gran potencia, pero lo más probable es que cumplió su objetivo: asustar a la población.

Dos días después, una escena muy parecida se repite. Esta vez es en el parque Simón Bolívar, el principal de la ciudad, el corazón del centro capitalino. Un objeto extraño causa temor en los transeúntes, está a pocos pasos del colegio Normal Superior María Inmaculada y una sucursal del Banco Agrario. Esta vez los medios de comunicación llegan a transmitir en directo los detalles del suceso. La Policía llega y hace todo lo anteriormente descrito, pero esta vez, el perro no se sienta. Es una buena señal, no hay explosivos.

La tercera escena ocurre esa misma tarde: Una entidad bancaria trabaja mientras la protege unos uniformados militares. De pronto, alguien advierte dentro del banco que la Policía de tránsito llegó con la grúa, para inmovilizar las motos mal parqueadas. Algunos salen despavoridos a evitar que les lleven la moto y les impongan comparendo. Pero hay una moto, de color rojo, que nadie reclama. Está parqueada justo en toda la entrada del banco. La gente dentro del banco se miran unos a otros, tratando de identificar al dueño del vehículo, pero nadie dice que la moto es suya. Las miradas de miedo entre ellos y hacia la moto empiezan a aparecer. Pero antes de que cunda el pánico, las autoridades se llevan sin miramientos la motocicleta. Otra vez, no pasó nada. «Gracias a Dios», murmuran algunos.

Uno podría pensar que las dos últimas situaciones son buenas porque no pasó nada, y esa es una forma de verlo, pero no es la única. Porque el daño ya está hecho y el resultado es el mismo: se sembró el terror en la gente, que llegará a sus casas, analizará lo sucedido y terminará perdiendo más la confianza en la capacidad del gobierno y las autoridades para proteger a su población. El carro bomba en la escuela de cadetes de la Policía en Bogotá es una terrible muestra de ese mensaje.

Mientras se dispersan a sus diversos destinos, se escuchan todo tipo de teorías sobre la zozobra que impera en Arauca: algunos dicen que la caja de la avenida 23 y la del parque fueron para asustar a los ciudadanos, otros son más partidarios a la idea de que están midiéndole el aceite a la fuerza pública para cansarla, y otros más dicen que son señuelos, porque viene algo más grande, y por ende, peor para la población.

Lo cierto es que Arauca vuelve a sentir lo que se pensaba que estaba erradicado, a pesar de las alteraciones del orden público ocurridas en el gobierno anterior, el terror. La gente no tenía miedo entonces. Pero ahora podría ser muy distinto. Y de seguir así las cosas, toda una capital departamental parecerá un pueblo desierto a tempranas horas de la noche, quizás por la desidia con la que el gobierno acostumbra a tratar a esta zona, o por su posible incapacidad para evitar que el pasado alcance al presente.

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