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  • Última actualización 2026-07-06 16:06:23
???En entrevista con el periodista José Domingo pitta, se refiere al actual momento de la política colombiana.
Arauca

“La guerrilla y los políticos son los responsables de la crisis que vive el país”, dice Hazahel Salazar

En entrevista con el periodista José Domingo pitta, se refiere al actual momento de la política colombiana.

Hazahel,  reconocido dirigente político araucano, serio y responsable, responde a el periódico El Mirador acerca de temas relacionados con el proceso de paz de la Habana. “La paz, con absoluta certeza, es un deseo infinito con el que soñamos todos los colombianos; la queremos para que la calidad de vida de nuestra  nación sea  permanente y sostenible; de ahí lo importante que se hable claro y con objetividad” afirma. Hazahel, escritor e investigador, académico, politólogo, profesional en ciencias militares, especialista en gestión pública, magister en estudios políticos, lector empedernido, estudioso y enamorado de su tierra, lanza una feroz diatriba sobre la responsabilidad política de la guerra que ha vivido Colombia.

¿Qué apreciaciones tiene usted sobre el proceso de paz que se adelanta en la Habana?

Todos los colombianos queremos la paz, cuanto antes mejor. Todos ganamos si evitamos la continuación del desangre derivado de confrontación fratricida por más de cincuenta años. Estoy de acuerdo con Mahatma Gandhi, pacifista, abogado, pensador y político hinduista indio, cuando  expresó que “No hay caminos para la paz, la paz es el camino”.

¿Y usted cree que ese anhelo se va lograr, no obstante la gran incertidumbre que ha despertado esta negociación?

 Ojala que sí. Yo creo en una paz negociada en forma justa y equilibrada. Sin impunidad, con base en el Derecho Internacional Humanitario y la legislación especializada en temas de resolución de conflictos. Es de esperar que todo esto proceso de conversaciones conduzca a una paz verdadera y no a una gran farsa, a una burla para la sociedad colombiana.

¿Existe desconfianza entre los colombianos sobre el anhelado feliz término del proceso?

El procedimiento utilizado hasta ahora, ha generado desconfianza y desasosiego. El gobierno presidido por Juan Manuel Santos Calderón, le concede todo lo que piden los voceros de la guerrilla, sin ninguna contraprestación seria, convirtiéndose esto en una verdadera claudicación, como si la guerra hubiera sido ganada por los alzados en armas, en plena reconocimiento a la derrota a las fuerzas legítimas del Estado. Santos desea convertir a Colombia en una verdadera “Republiqueta bananera”, donde se instale un poder autoritario para cambiar unilateralmente la Constitución e incluir los términos de un acuerdo de paz, que ha sido manejado, oficial y subrepticiamente, desde hace aproximadamente cinco años con la Farc – Ep.

¿Y  qué ocurriría si esto llegara a pasar?

No sé, sería lo peor. Aun así, cómo me gustaría estar equivocado y convertirme en un  optimista arrepentido y ver una oportunidad en esta calamidad que observamos a lo largo de estas conversaciones.

¿Usted cree que los colombianos si quieren la paz en esas condiciones que está dialogando el gobierno?

Todos los colombianos queremos con infinito deseo la paz. Pero, también es cierto que deseamos una paz que cierre de una vez por todas, en un lapso prudente, las heridas y los resentimientos que deja la guerra. Necesitamos una paz sincera que permita el perdón, la reconciliación y  el olvido. Hay que reconocer que esto no es fácil, pues estereotipados están esos escenarios criminales en la mente y corazón de las víctimas. Se requiere de mucha grandeza para lograrlo. Esto no se alcanza, simplemente, con la firma de los acuerdos logrados. Sanear las heridas acarrea procesos de pedagogía, de concientización humana, de altura espiritual y de concordia seria y  sincera

¿Y bueno, que responsabilidad tiene el Estado frente a este contexto de desorden social, al cual hemos llegado, después de cincuenta años de crimen y sus efectos causados a la sociedad colombiana?

Es hora de terminar con esta guerra, en la cual nos inmiscuyeron, en primer lugar el Estado, con su barbaridad administrativa desde todas las esferas del poder. Ha imperado la corrupción y la ignominia social. Por otro lado y no menos dañino que el primero, ha sido el daño causado por los insurgentes. Estos, con mentiras y disculpas objetivas y subjetivas como la pobreza y la injusticia social, entre otras, aprovecharon la oportunidad para avasallar el campo y la ciudad, mediante el crimen, el narcotráfico, el secuestro, el terrorismo, las emboscadas, la toma de poblaciones, la extorsión, las pescas milagrosas, los peajes, los desastres ecológicos irreversibles y atrocidades diversas que aún continúan. 

¿Usted cree que ha sido falta de autoridad o ha habido aquí un contubernio, como usted lo dice en su último libro publicado recientemente?

Por supuesto que sí. Todos somos responsables en alguna manera, de  lo ocurrido y lo que está ocurriendo en la actualidad. Un laberinto sin salida. Estas circunstancias no son gratuitas ni han aparecido porque si o por casualidad. Toda reacción es producto de una acción u omisión. Naturalmente, estas circunstancias, nos condujeron a una Colombia arrasada por el crimen, en todas sus expresiones, y con muchos cánceres, producto de la irresponsabilidad y los ánimos egoístas de la clase politiquera dirigente. Se ha presentado aquí un contubernio vergonzoso con los alzados en armas, las autodefensas, las bacrim, y la delincuencia organizada.

Tan grave es el daño que le han hecho al país todas estas expresiones arbitrarias del crimen y del bandolerismo, que se equipara con el daño que también le han hecho a la nación colombina los políticos irresponsables, quienes con la corrupción, rampante y vergonzosa, han dejado a muchos colombianos a la deriva de su ignorancia, sumidos en el hambre, la pobreza y la miseria. Qué rabia y qué injusticia, observar estas páginas de dolor que no se pueden olvidar fácilmente, porque aún están viviendo en carne propia y ajena, sobre todo los campesinos colombianos desprotegidos por el este Estado indolente y ladrón.

Esa es la gran incógnita que nos induciría a encontrar una respuesta objetiva y cierta.  ¿Y quiénes serán los más responsables? ¿Quiénes son los malos y quienes son los buenos? ¿Hacia dónde se inclinará la balanza? ¿O ambos son los malos del paseo genocida en que hemos vivido siempre? La única gran verdad es que la nación colombiana no se lo merece; pero hemos sido castrados, pisoteados y vilipendiados por la arbitrariedad y la indiferencia.

¿Cómo ve usted el país en estos momentos de tensión y de incertidumbre frente a estas conversaciones?

Hazahel SalazarEste país, reconocido como del Sagrado Corazón de Jesús, de paisajes exuberantes, de mujeres sensuales, hermosas y atrevidas, intensas, calientes, sonrientes y seductoras hasta no más. Mujeres que mientras llega el hombre indicado, disfrutan de quien está a su lado, que tal vez es el “man” equivocado.

Este país de machos, cuya hombría la asimilan con la infidelidad y la sabrosura de pasarlo rico; y quienes con mil disculpas y mentiras logran el perdón de sus sumisas compañeras, pero  siguen haciendo lo mismo una y muchas veces más, sin reconocer en su ser interior, ni reconocer que la verdad no mancha los labios de quien la dice, sino la conciencia de quien la oculta. 

Este país de políticos, en su mayoría pestíferos, sinvergüenzas, acosadores, mentirosos, de exorbitantes pensiones, ladrones, cortos de espíritu, chanchulleros y corruptos y de componendas traperas; son aceptados, obligatoriamente, en nuestro entorno a pesar de sus  tejemanejes mal intencionados y canalladas.

 Este país de familias, de mediana o  extraordinariamente conservadoras, honestas, con valores y principios incrustados en nuestro corazón; pero con padres, hijos y hermanos mamagallistas, que se ríen, se pelean y matan, irónicamente, el día de las madres al no reconocer y  respetar la diferencia. Y, que además se “hijueputean”, se faltan al respeto; y finalmente se perdonan y se burlan hasta de su propia existencia, pero con unos sentimientos y un valor cívico arraigados que en otras latitudes no se acostumbra.

En este país querendón de sus símbolos y de sus expresiones culturales donde, algunos confunden un piropo con chabacanería criolla y macondiana. Y ni se diga del apoyo que dan a la selección de Pekerman y a líderes como James, a la hora del triunfo. Así mismo, cuando pierden tiran la camiseta y la incriminan como lo peor del mundo, sin  importar sus reivindicaciones a las cuales tienen derecho.

No obstante lo anterior, este país es un hermoso vividero donde todo el mundo vive feliz porque descansan, y descansan, en puentes festivos en veinticuatro ocasiones durante el año; se divierten, cantan, bailan, rumbean y viajan a compartir de festivales realizados en l en ciudades cercanas y atractivas. Los colombianos hacen lo que les da la “puta” gana porque todo tiene su precio y, hasta la conciencia de los miembros de las instituciones se puede comprar para que prevalezca la impunidad y la vergüenza.

Es un país definitivamente sin igual. Los reyes  de la guachafita, de la puñalada trapera,  del comercio ilegal y de la rumba loca.

¿Y qué peligro podemos correr ante esta amenaza de no consolidar el proceso de paz, con equidad y responsabilidad y sin impunidad como muchos lo deseamos?

El peligro es grande y desesperanzador. Perderíamos mucho y con mucha nostalgia. Aparecerían nuevos grupos violentos y emergería un nuevo capítulo de violencia mucho más tortuoso y cruel. Es por esto, y por nuestra grandeza, que no podemos caer en manos de irresponsables apátridas y traicioneros que sólo quieren oportunidades egoístas para hacer de este país un infierno donde todo huela a podredumbre y azufre tóxico indeseable, para que, a la Colombia de Bolívar y Santander, regrese la horrible noche hasta enquistarse, de nuevo y para siempre, en las entrañas de nuestro territorio con todo su andamiaje deshumanizado y cruel. Eso es un peligro que asusta y nos trasnocha.

¿Eso nos causa miedo y temor?

Claro que sí, y mucho. Ante este contexto, y este posible escenario de incertidumbre, el miedo que sentimos, ante estas y otras amenazas conexas, no es cobardía. Los  síntomas que flotan y se vislumbran en el ambiente consolidarían, sin lugar a dudas y sin necesidad de buscar pitonisas, un espectáculo enrarecido y desarticulado que le haría mucho daño al país.

Por ejemplo, en la teoría revolucionaria, existe y se pone en práctica unas consignas traperas y asolapadas; como en algunas frases, premonitorias y amenazantes, que nos asustan y aturden nuestra tranquilidad de siempre. Así lo manifestó, el pensador socialista y activista revolucionario Carlos Marx, al enseñar que “Enarbolar la paz como estrategia para ganar la guerra, difamar a quienes se interpongan, diseñar consignas pacifistas para que el ignorante las repita, justificar acciones violentas como reivindicaciones sociales, desvalorizar la patria y usar los pacifistas como escalones del poder”. Todo ello como la máxima estrategia para ganar la guerra. Acaso ¿No es esto lo que estamos viendo y viviendo?

Como me gusta esta frase solemne y lapidaria,  labrada en bronce, por su inmortalidad y vigencia, manifestada por Winston Leonard Spencer Churchill; político y estadista británico, conocido por su liderazgo en el Reino Unido durante la segunda guerra mundial: “El que se arrodilla para conseguir la paz,,,,se queda con la humillación y con la guerra”. Algo parecido, o semejante, a lo que estamos percibiendo en las entrañas de los diálogos de La Habana.

¿Entonces, qué mensaje esperanzador, o de alerta, podríamos trasmitirles a los araucanos y colombianos que, a pesar de todo, mantienen viva esa esperanza de paz?

A los habitantes de nuestra querida y amada Colombia, y a los araucanos de bien, les diría que no podemos bajar la guardia ni ser genuflexos, en estos momentos de efervescencia y calor en que la patria nos necesita, en razón a que existe un peligro latente de derrumbamiento de esta precaria institucionalidad democrática.

Como los indomables lanceros de los Llanos, nos corresponde salvar la patria. Tenemos un gran compromiso, indeleble, que nos motiva a levantar las armas del pensamiento, de la inteligencia y sentir el pundonor, henchir de orgullo el corazón y que nuestros pechos  rebosantes de valor, al sentir un alma que parecería humillada, pisoteada y degradada, reaccionemos ante esta  impávida, y atrevida, amenaza. De suceder, esto menoscabaría para siempre la calidad de vida de todos nosotros al volverse el crimen como una premisa obligada.

Que el dolor de patria que sentimos en los recovecos de nuestro ser infinito, sea el motor que articule todos estos sentimientos de libertad y de grandeza. Este sería el escenario más desagradable e inoportuno. Sin embargo, tengo la infinita certeza y convicción que el Dios del cielo, que invade nuestro ser, desde los umbrales sublimes del Universo y que se encuentra en nuestro sagrado interior, nos proveerá de fe para luchar y proteger el presente de nuestros hijos, de las próximas y futuras generaciones. Iluminará el horizonte de nuestro intelecto y rodeará de patriotismo a quienes, por delegación del gobierno, interactúan en La Habana, y que saben que según Churchill “El precio de la grandeza es la responsabilidad”, y que la historia los juzgará, al igual que a nosotros, porque tenemos la máxima responsabilidad de hacer de Colombia una patria grande, libre y respetada.

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