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Musa de compositores, y lo que une a llaneros colombo-velezolanos
Cultura

Arauca: El río que se volvió canción.

Más que una frontera natural, el río Arauca es memoria, paisaje, sustento y una de las grandes fuentes de inspiración de la música y la poesía llanera. Su corriente atraviesa la historia de dos países y todavía sigue poniendo música a la identidad de quienes viven en sus orillas.

Hay ríos que atraviesan territorios. El Arauca, además, atraviesa la memoria.

Nace en las montañas de la cordillera Oriental colombiana, en las alturas del Páramo del Almorzadero, y después de recorrer más de mil kilómetros entre montañas, sabanas, caños, humedales y poblaciones, termina entregando sus aguas al Orinoco, en territorio venezolano.

En buena parte de su recorrido marca la frontera entre Colombia y Venezuela. Frente a la ciudad de Arauca, sus aguas separan a Colombia de El Amparo, en el estado Apure.

Pero basta escuchar la música llanera para entender que esa frontera geográfica nunca logró convertirse en una frontera cultural.

Porque el Arauca, además de río, es una manera de nombrar la tierra.

El río que separa en el mapa y une en la memoria

Durante buena parte de los siglos XIX y XX, el río fue una vía fundamental de comunicación entre las poblaciones de ambos lados de la frontera. Antes de que las carreteras y el transporte aéreo transformaran la movilidad de la región, sus aguas facilitaron el intercambio de personas y mercancías y acompañaron actividades como la ganadería y la agricultura.

Con el paso del tiempo, esa función práctica se convirtió también en una poderosa construcción cultural.

En torno al Arauca se formó un territorio compartido: el de las sabanas, los esteros, los hatos, los pueblos ribereños, los pescadores, los vaqueros, los músicos y las familias que aprendieron a vivir mirando hacia el mismo horizonte, aunque estuvieran a uno u otro lado de una línea internacional.

El investigador y escritor Leonel Pérez Bareño, en su obra Mil formas de decir Arauca, documentó 1.206 canciones llaneras relacionadas con Arauca, escritas por 501 autores y compositores colombianos y venezolanos. Su investigación demuestra hasta qué punto el río, la ciudad, el paisaje y la identidad araucana se convirtieron en materia musical.

De esas canciones, 296 están dedicadas específicamente al río Arauca. La cifra ayuda a entender algo que en el Llano parece evidente, pero que los números vuelven contundente: pocas geografías han sido cantadas tantas veces.

De la cordillera a la sabana

El Arauca no nace siendo el río que conocen los habitantes de la frontera.

Su origen más remoto está en el Páramo del Almorzadero, a unos 4.000 metros sobre el nivel del mar. En su curso alto recibe distintos nombres antes de convertirse en el Arauca que baja hacia las llanuras.

Después de dejar atrás la montaña, el paisaje cambia. El agua entra en la inmensidad de la Orinoquía y empieza a relacionarse con caños, lagunas, humedales y bosques de galería.

Es allí donde el río adquiere otra dimensión.

Sus orillas forman corredores de vegetación que funcionan como refugio y alimento para numerosas especies. Entre los árboles y plantas asociados a estos ambientes aparecen guamos, jobos, sauces, cañabrava, yarumos, laureles, guadua, cedros y gualandayes. En los humedales y sabanas también aparecen los morichales, uno de los paisajes vegetales más característicos de la Orinoquía.

El agua, entonces, no solamente dibuja el territorio: sostiene una red de vida.

En los ecosistemas ribereños y humedales de Arauca habitan o transitan chigüiros, venados, lapas, armadillos, nutrias, osos hormigueros, felinos y una enorme variedad de aves. Garzas, corocoras, garzones, alcaravanes, guacamayas, loros y otras especies encuentran alimento y refugio en una región cuya biodiversidad está estrechamente ligada a los ciclos del agua.

Y entre todos esos habitantes hay uno que parece salido de una leyenda.

La tonina que todavía nada en el Arauca

La tonina, como llaman los llaneros al delfín de río, también hace parte de esta historia.

El delfín rosado (Inia geoffrensis) habita la cuenca del Orinoco y sus tributarios, entre ellos el río Arauca. En la región no es solamente una especie emblemática: su presencia es también un indicador de la salud de los ecosistemas acuáticos.

Pero su supervivencia enfrenta amenazas. La especie está catalogada En Peligro de extinción, y las alteraciones en los niveles de los ríos, la pérdida de conexión entre humedales y cauces, la contaminación y otras presiones humanas pueden ponerla en riesgo.

En Arauca ya se han vivido rescates que muestran la fragilidad de estos animales.

En 2015, dos toninas quedaron atrapadas en el caño Agua Limón cuando el nivel del agua descendió rápidamente y no pudieron regresar al río Arauca. Una hembra adulta medía 2,40 metros y pesaba 170 kilos; la juvenil alcanzaba 2,26 metros y pesaba 150 kilos. Un operativo en el que participaron la Fundación Omacha, Corporinoquia, Bomberos de Arauca, el Ejército y la empresa operadora permitió rescatarlas y devolverlas al río.

Cuatro años después, otra emergencia ocurrió en la vereda Maporita, en Arauquita. Una hembra juvenil quedó atrapada en un humedal que perdió su conexión con el cauce principal del Arauca. La comunidad alertó a los organismos de socorro y, junto con las fundaciones Omacha y Neotropical Cuencas, logró trasladarla unos 100 metros hasta el río.

No son solamente historias de rescate.

Son señales de que la vida del río y la vida de sus especies están conectadas. Cuando un humedal pierde su comunicación con el cauce, cuando el nivel del agua cambia abruptamente o cuando la calidad del agua se deteriora, no solo cambia el paisaje: también se pone en riesgo una cadena completa de vida.

La Fundación Omacha ha participado durante años en investigación, rescate, monitoreo, educación y acciones de conservación de las toninas en la Orinoquía, en conjunto con autoridades ambientales, comunidades y otras instituciones.

Por eso, cuando una tonina aparece en el Arauca, no es simplemente un espectáculo de la naturaleza. Es también una señal de que todavía existe un río capaz de sostener una de las especies más singulares de la fauna de la región.

Y ese mismo río que alimenta humedales y bosques terminó alimentando otra forma de vida: la música.

Y entonces apareció una canción

Tal vez ninguna frase haya llevado el nombre del Arauca tan lejos como la que abre Alma llanera.

"Yo nací en esta ribera del Arauca vibrador".

La obra, con música de Pedro Elías Gutiérrez y letra de Rafael Bolívar Coronado, fue estrenada en 1914 como parte de una zarzuela en Caracas y terminó convirtiéndose en uno de los símbolos musicales más reconocibles de Venezuela.

En esos versos, el Arauca deja de ser solamente un accidente geográfico. Se convierte en origen.

Nacer en su ribera significa pertenecer a un paisaje, a una naturaleza y a una forma de entender la vida. La espuma, las garzas, las rosas, el palmar y el sol forman parte de esa misma identidad.

Por eso el "Arauca vibrador" no es una denominación geográfica. Es una imagen poética que convirtió el movimiento del río en una expresión de vitalidad.

Desde entonces, otros compositores siguieron esa corriente.

Después vinieron los canoeros

En Canoero del Arauca, composición de Asdrúbal Flórez, el río aparece desde otra perspectiva: ya no como origen simbólico, sino como camino.

La figura del canoero recuerda una época en la que desplazarse por las aguas era una actividad cotidiana y necesaria. Remontar el río significaba viajar, transportar, comerciar, encontrarse con otros pueblos.

Eneas Perdomo fue uno de los grandes intérpretes de esta canción, que también ha sido grabada por otros artistas del folclor llanero.

El canoero representa así una relación profundamente práctica con el Arauca. No contempla el río desde lejos: lo conoce desde adentro, siguiendo sus corrientes, sus cambios y sus orillas.

La luna también baja al río

Pero el Arauca también se convirtió en escenario para el amor.

En Luna de Arauca, de Augusto Bracca, la navegación nocturna se transforma en una búsqueda sentimental. La canoa avanza mientras la luna acompaña el viaje y el paisaje se convierte en cómplice de la ausencia.

El río aparece entonces bajo otra luz.

Ya no es frontera ni camino comercial. Es escenario de recuerdos, de encuentros imaginados y de amores que parecen más grandes cuando se contemplan desde la soledad de una noche llanera.

Es una de las razones por las que el paisaje del Arauca resulta tan fértil para la canción: cambia con la hora, con el agua y con quien lo mira.

Un río para recordar

Eneas Perdomo, nacido en El Yagual, en Apure, llevó también al Arauca a sus canciones.

En su interpretación de Río Arauca, el paisaje nocturno, las playas, las barrancas y el descanso junto al agua se mezclan con la nostalgia por la tierra propia.

Pero no es extraño.

Porque el río hacía parte de su geografía personal. Para alguien nacido en sus cercanías, hablar del Arauca era hablar de infancia, de territorio y de pertenencia.

El río se convierte así en una especie de álbum de recuerdos donde cada playa puede guardar una historia.

El río también puede ser un amor perdido

Walter Silva encontró otra manera de utilizarlo.

En Ríos de trago, el despecho alcanza dimensiones llaneras: el protagonista imagina beberse el río Arauca crecido y luego continuar con otros ríos de la región.

La exageración tiene algo de humor, pero también de poesía.

En el imaginario llanero, los ríos son enormes. Por eso sirven para medir emociones igualmente desbordadas.

El Arauca aparece allí como una unidad de medida del dolor: si el desamor es inmenso, tendrá que ser suficiente para beberse un río entero.

La ocurrencia terminó convirtiéndose en una de las canciones más conocidas de Walter Silva y en una muestra de cómo la geografía puede convertirse en metáfora.

Tierra soñada por el Sol

Reynaldo Armas tomó otro camino.

En Arauca, río y pueblo, el río aparece ligado a la memoria y a la identidad compartida entre Colombia y Venezuela.

"Arauca, tierra soñada por el Sol".

La frase resume una manera de mirar el territorio: no como una frontera que divide, sino como una tierra común construida por historias, paisaje y música.

El Arauca aparece allí como compañero, como memoria y como una corriente que atraviesa dos países sin pedirle permiso a las fronteras.

Arauca también es ciudad

Y hay algo más.

Cuando los compositores dicen "Arauca", no siempre están hablando exclusivamente del río.

También hablan de la ciudad, del departamento, de sus pueblos, de los esteros, de las sabanas y de quienes nacieron o construyeron su vida allí.

Arauca, Arauca, interpretada por Elena Patricia y escrita por Jairo Meza Latorre, es un ejemplo de esa otra dimensión. En ella aparecen la llanura, los llaneros, el pueblo, la música y el orgullo por una tierra que tiene historia propia.

Es importante porque demuestra que el nombre Arauca fue adquiriendo significados distintos sin perder su raíz común.

Río, ciudad, territorio y gentilicio terminaron formando una misma constelación cultural.

Mil formas de decir Arauca

Eso es precisamente lo que revela la investigación de Leonel Pérez Bareño.

Su libro Mil formas de decir Arauca no se limita a hacer un inventario de canciones. La investigación muestra cómo un territorio puede convertirse en inspiración permanente para generaciones de compositores.

La edición de 2019 reunió más de un millar de canciones de 435 compositores, 223 colombianos y 196 venezolanos, además de otros autores cuyo origen no pudo ser determinado. La edición posterior amplió el registro hasta 1.206 canciones y 501 autores y compositores.

Lo interesante no es solamente la cantidad.

Es lo que cada canción decide mirar.

Unas hablan del río. Otras de la ciudad. Algunas de las sabanas, de la luna, de los esteros, de los caminos o de los personajes. Unas cantan al amor; otras al desamor. Algunas celebran la tierra y otras recuerdan lo que se ha perdido.

El Arauca funciona como un gran escenario donde caben todas esas historias.

Y quizá allí está la explicación de su fuerza.

¿Qué tiene el Arauca?

Tiene agua, pero también memoria.

Tiene playas y barrancas, pero también canciones.

Tiene pescadores, canoeros, ganaderos y comunidades ribereñas. Tiene garzas, corocoras, chigüiros, peces y toninas. Tiene bosques de galería, cañabrava, morichales y humedales.

Tiene una ciudad a un lado y un pueblo al otro.

Tiene una frontera política que nunca consiguió dividir completamente la cultura.

Y tiene una particularidad que no aparece en los mapas: ha conseguido convertirse en un lugar emocional.

Por eso un compositor puede cantar al Arauca como quien canta a su madre, a su pueblo, a un amor perdido o a una infancia que ya no existe.

El río que los mapas no pudieron dividir

Tal vez esa sea la verdadera razón por la que el Arauca aparece tantas veces en el joropo.

Porque para el llanero, el territorio no se mide únicamente en kilómetros.

Se mide en recuerdos.

El río nace en la montaña y viaja hacia el Orinoco. Cruza paisajes, sostiene ecosistemas y marca una frontera internacional. Pero, mientras avanza por su cauce, también ha ido construyendo otra corriente: la de la música.

Una corriente hecha de voces colombianas y venezolanas.

De canoeros y enamorados.

De cantadores y compositores.

De quienes recuerdan el pueblo, la sabana, la luna o una playa.

De quienes todavía navegan sus aguas y de quienes, desde lejos, siguen cantándolo.

El Arauca separa en el mapa.

Pero en la cultura, une.

Y quizá por eso sigue ocurriendo lo mismo que hace más de un siglo: alguien vuelve a mirar el río, escucha su corriente y encuentra una canción.

Porque el Arauca no solamente corre hacia el Orinoco.

También corre hacia la memoria.

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