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Se da cuenta de la trampa de los patriotas y pierde la Batalla de Boyacá
Cultura

Diario de la Independencia. Capítulo 11: La tarde en que Colombia cambió para siempre.

El Diario de la Independencia es una reconstrucción narrativa elaborada a partir del estudio y contraste de fuentes primarias, memorias de protagonistas e investigaciones históricas sobre la Campaña Libertadora de 1819.

Los movimientos militares, horarios aproximados, decisiones estratégicas y personajes que aparecen en esta crónica corresponden a hechos ampliamente documentados por la historiografía. Las descripciones del ambiente, las emociones y algunos diálogos son recursos literarios empleados para acercar al lector a la experiencia de aquellos acontecimientos, sin alterar la secuencia histórica ni atribuir palabras textuales cuando estas no han sido registradas por las fuentes.

La Batalla de Boyacá ha sido objeto de numerosos estudios durante más de dos siglos. En este capítulo se privilegiaron los aspectos sobre los que existe mayor consenso entre historiadores y documentos contemporáneos a los hechos.

Puente de Boyacá. Tarde del 7 de agosto de 1819.

El silencio terminó temprano.

Antes de que el sol alcanzara el centro del cielo, dos ejércitos marchaban hacia el mismo destino sin saber que, antes de caer la tarde, uno de ellos habría dejado de existir como fuerza organizada.

José María Barreiro salió de Motavita convencido de que todavía podía abrirse camino hacia Santafé.

No buscaba una batalla.

Buscaba escapar de ella.

Cada kilómetro que avanzaba era una oportunidad para reunirse con el virrey Juan de Sámano y conservar el dominio español sobre el centro del virreinato.

Pero al otro lado de los caminos, Simón Bolívar también marchaba.

Había esperado el momento preciso.

Su ejército ya no era aquella columna exhausta que cruzó el páramo de Pisba.

Tunja le había devuelto alimento, caballos, municiones y algo aún más importante: tiempo para reorganizarse.

Ahora avanzaba decidido a impedir que Barreiro llegara a la capital.

Las dos columnas se aproximaban sin descanso.

El encuentro era inevitable.

Poco después del mediodía, la vanguardia realista llegó a las cercanías de la Casa de Teja.

Los soldados españoles creían haber dejado atrás el mayor peligro.

Entonces aparecieron los primeros hombres de Francisco de Paula Santander.

Los disparos rompieron la calma de la tarde.

No era todavía la gran batalla.

Era el golpe que cambiaría todo.

Santander comprendió que debía contener a la vanguardia el tiempo suficiente para que el resto del Ejército Libertador alcanzara el campo de combate.

Mientras los primeros fusiles resonaban entre los árboles y los potreros, Bolívar aceleró el paso del grueso de sus tropas.

No buscaba un enfrentamiento frontal.

Buscaba dividir al enemigo.

Y lo consiguió.

La vanguardia española avanzaba.

La retaguardia aún marchaba varios cientos de metros atrás.

Entre ambas comenzaba a abrirse un espacio peligroso.

Bolívar vio la oportunidad.

Y no la dejó escapar.

Desde otro flanco apareció la división del general José Antonio Anzoátegui.

Sus hombres avanzaron con rapidez para cerrar el paso sobre la retaguardia española.

La maniobra fue precisa.

Mientras Santander inmovilizaba a los primeros batallones, Anzoátegui caía sobre quienes todavía intentaban cruzar hacia el puente.

En cuestión de minutos, el ejército realista quedó partido en dos.

Las dos columnas ya no podían ayudarse.

La comunicación se rompió.

Las órdenes dejaron de llegar.

La estrategia española comenzó a desmoronarse.

Barreiro comprendió el peligro casi de inmediato.

Intentó reorganizar a sus hombres.

Cabalgó entre ellos dando instrucciones.

Ordenó formar una nueva línea defensiva.

Pero el tiempo ya no le pertenecía.

Cada intento era respondido por nuevas cargas patriotas.

Cada minuto reducía sus posibilidades.

No estaba perdiendo únicamente una batalla.

Estaba perdiendo el control del ejército,

La lucha se extendió por los alrededores del puente sobre el río Teatinos.

El humo de la pólvora ocultaba por momentos el paisaje.

Los gritos de mando se mezclaban con los disparos, el relinchar de los caballos y el estruendo del combate.

Los oficiales patriotas comprendieron que la victoria estaba cerca.

Los oficiales españoles luchaban por evitar el colapso.

Poco después, la resistencia comenzó a ceder.

Uno tras otro, los cuerpos realistas fueron rodeados.

Las armas empezaron a bajar.

Muchos soldados comprendieron que continuar combatiendo solo significaría aumentar el número de muertos.

La batalla había terminado.

Habían transcurrido apenas unas dos horas.

Dos horas que cambiarían para siempre el destino de la Nueva Granada.

José María Barreiro logró alejarse unos momentos del combate.

Intentó escapar.

Creía que todavía podía salvarse.

No llegó muy lejos.

Un joven soldado llamado Pedro Pascasio Martínez, acompañado por el también soldado Negro José, lo encontró cuando trataba de abandonar el campo.

Según la tradición histórica, Barreiro le ofreció una recompensa en monedas de oro para recuperar su libertad.

Pascasio rechazó el soborno.

Minutos después, el comandante español era conducido como prisionero.

Mientras el sol comenzaba a ocultarse detrás de las montañas de Boyacá, Bolívar observó el campo de batalla.

La victoria no significaba únicamente derrotar a un ejército.

Significaba abrir el camino hacia Santafé.

Significaba quebrar el poder militar español en el centro del virreinato.

Significaba que, después de años de derrotas, sacrificios y campañas imposibles, la independencia dejaba de ser un sueño para convertirse en una posibilidad irreversible.

Aquella tarde no solo terminó una batalla.

Comenzó un país.

Las grandes victorias rara vez duran mucho. Lo que las hace eternas son las consecuencias que dejan.

El personaje del día

José Antonio Anzoátegui: el general que cerró la trampa

La historia suele recordar a Simón Bolívar como el estratega de la Batalla de Boyacá y a Francisco de Paula Santander por contener la vanguardia realista.

Sin embargo, la participación del general venezolano José Antonio Anzoátegui resultó decisiva.

Fue su división la que golpeó la retaguardia española en el momento preciso, impidiendo que Barreiro reuniera nuevamente a sus tropas.

Aquella maniobra terminó de romper la formación realista y aceleró la victoria patriota.

Anzoátegui tenía apenas 30 años.

Su brillante carrera militar terminaría poco después, en noviembre de 1819, cuando falleció repentinamente en Pamplona.

Su nombre merece ocupar un lugar mucho más visible entre los grandes protagonistas de la independencia.

¿Sabías que...?

Pedro Pascasio Martínez tenía apenas doce años.

Después de la batalla, José María Barreiro intentó escapar del campo de combate.

Según la tradición histórica y las memorias de la campaña, ofreció una bolsa con monedas de oro al joven soldado Pedro Pascasio Martínez para que lo dejara huir.

El niño rechazó el soborno.

Gracias a esa decisión, el comandante del ejército realista fue capturado.

Más de dos siglos después, Pedro Pascasio continúa siendo recordado como uno de los mayores símbolos de honestidad en la historia de Colombia.

Cómo se construyó esta historia

Daniel Florencio O'Leary. Memorias del General O'Leary.

José Manuel Restrepo. Historia de la Revolución de la República de Colombia.

Boletines del Estado Mayor del Ejército Libertador.

Academia Colombiana de Historia.

Academia Boyacense de Historia.

Biblioteca Virtual del Banco de la República.

Mañana en el Diario de la Independencia

8 de agosto de 1819

La batalla terminó.

Pero la guerra no.

Mientras José María Barreiro y decenas de oficiales españoles marchan como prisioneros, la noticia de la derrota corre hacia Santafé más rápido que cualquier ejército.

En la capital, el virrey Juan de Sámano tendrá que tomar una decisión desesperada.

Huir... o enfrentar un destino que ya parece inevitable.

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