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Atrapados En El Cocuy

Rescatados
Rescatados: Grupo de expedicionarios que fueron rescatados en el Cocuy.

Por: Jennifer Villamizar.

Todo comenzó en el río Cravo Norte, cuando los habitantes de su ribera denunciaron que el agua que llegaba de este afluente –y que era para el consumo humano- contenía mucho lodo, lo que la hacía muy turbia e imposible de utilizar.

Inmediatamente, el Consejo Municipal de Gestión de Riesgo de Desastres del municipio de Tame, Arauca, se reunió con las autoridades, el Consorcio SGS, quienes realizaban sísmicos y geológicos en el departamento de Arauca y el Grupo de Rescate y Salvamento (GARSA) para analizar la situación y tomar medidas. Decidieron hacer un sobrevuelo en el río Tate y La Gallinaza, buscando la desembocadura hacia el río Cravo Norte, para verificar si había algún taponamiento en él. Sin embargo, desde el aire no pudo verse nada por ser zona selvática, perteneciente al Parque Natural El Cocuy. Así que acordaron enviar a la zona una comisión y escogieron el martes 22 de abril de este año para viajar.

Dicha comisión estaba compuesta por 10 personas: 3 geólogos del Consorcio SGS con sus 2 auxiliares, 1 funcionario de Parques Naturales, 1 habitante de la zona y 3 rescatistas del grupo Garsa, entre los que se encontraba Rubén Murillo, jefe operativo de este último.

Iniciaron el viaje ese martes, a las 2 de la tarde en dos vehículos: una trooper del grupo Garsa y una camioneta del Consorcio, hasta la escuela de Alto Cravo. Allí organizaron las provisiones. La idea era estar de regreso en Tame el viernes de esa misma semana. Una vez se abastecieron de víveres y equipo, salieron en dirección al Parque El Cocuy.

Anduvieron por un camino de herradura hasta que a las 9 de la noche, llegaron a la finca de Carmelo Parra, donde acamparon, prepararon comida y pudieron descansar. Ninguno de ellos se imaginaba que esa sería la única noche cómoda y tranquila que tendrían en toda la travesía.

El miércoles se alistaron a las 5 de la mañana. El clima oscilaba entre los 10 y los 12 grados de temperatura, por lo que pocos se atrevieron a bañarse con el frío que hacía. Caminaron y escalaron por la selva todo el día, en pendientes de 80 a 90 grados de las que estaba llena su ruta. Por medio del GPS lograron ubicar la desembocadura del río Tate y Gallinaza y a las 5 de la tarde acamparon a 200 metros del lugar.

Esa noche cenaron enlatados y bebieron café con leche en polvo, gracias a la estufa portátil de gasolina que uno de ellos cargaba, con lo que pudieron calentarse en ese frío clima. Durmieron en carpas y campings que armaron, pero los de estos últimos descubrieron que no eran muy cómodos para usarse en esa zona, por lo que, en general, pasaron mala noche.

El jueves, a las 10 de la mañana, por fin llegaron a la desembocadura. Inmediatamente comenzaron su trabajo de observación del lugar, tomaron notas, fotografías y los geólogos hicieron análisis de las rocas del sitio. Pero no había ningún taponamiento a la vista. Resolvieron salir de allí bajando por la ribera del río. Entonces empezaron los problemas.

Apenas habían andado 100 metros cuando el clima les dejó claro que no avanzarían más. Se largó a llover, con tormenta incluida. Un geólogo, haciendo caso omiso de las advertencias y consejos de los rescatistas, cruzó el río con su maleta a cuestas y como estaba asegurado a los demás con una cuerda, se enredó con ella en el agua y más el peso de la maleta que lo empujaba al fondo del río, estuvo a punto de ahogarse. Los rescatistas tardaron 15 minutos en sacarlo del agua.

Veinte minutos después, y cuando todavía se reponían del susto, el caudal del río aumentó. Otro geólogo y su auxiliar se habían rezagado del resto del grupo y faltaba que cruzaran el río para unirse a ellos. Cuando empezaron a cruzar el afluente, la maleta que cargaba amenazó con hundirlo y una corriente súbita apareció de repente, embistió al geólogo y gracias a la cuerda a la que estaba amarrado, lo lanzó hacia la orilla, en medio de unas peñas de 20 metros de altura.

Inmediatamente, sus compañeros rescatistas organizaron el equipo, lanzaron sogas, escalaron hasta encontrarlo y utilizando las mismas, lo sacaron de allí para llevarlo a un lugar seguro. Rescatarlo les llevó 3 horas. El hombre había recibido fuertes golpes en las costillas y tenía lacerada la piel, pero por lo menos podía caminar.

Sin poder acampar allí, siguieron explorando la ribera del río Gallinaza, esta vez escalando el abismo, hasta que encontraron una salida a un cerro y lograron acampar a 500 metros del río. Esa noche comieron salchichas, atún, galletas y agua con avena. Totalmente empapados, hasta el contenido de sus maletas, trataron de dormir.

En la madrugada del viernes, por medio del GPS, descubrieron que estaban al nororiente de Tame, por lo que decidieron bajar a buscar una salida hacia allá. Descendieron hacia las cascadas, buscando la ribera del río, pero éstas estaban imposibles de pasar ese día. Y como los geólogos estaban muy traumatizados por sus experiencias con el río, a las 3 de la tarde desistieron de ese camino y volvieron a subir, con cuerdas, hasta encontrar un lugar seguro. Escalaron unos 3 kilómetros por pendientes de casi 90 grados hasta que vieron una zona plana buena para acampar. Ya eran las 4 de la tarde.

Armaron las tiendas, encendieron una hoguera para calentarse y secar la ropa y trataron de pensar juntos cómo salir de esa selva fría y peligrosa. Empapados, prácticamente sin comida, sin forma alguna de comunicarse con el exterior de la zona y lastimados, no era prudente que continuaran el viaje. Estaban atrapados en El Cocuy. Al final, acordaron que los más duchos en nado, Rubén y Eustasio, madrugaran al otro día a tratar de salir de la selva y buscar ayuda en Tame, alguien que los sacara de allí.

En efecto, ese sábado, los dos hombres salieron del campamento, pero Eustasio, nadando en el río, fue golpeado dos veces por una corriente súbita que le lastimó seriamente la columna vertebral. Aun así, llegaron al municipio y dieron la alarma de lo que pasaba con sus compañeros de comisión. La Gobernación de Arauca, encabezó la cruzada para lograr las gestiones necesarias y enviar otro equipo de rescate. El problema es que esas diligencias requerían su tiempo.

Mientras tanto, en el campamento dieron cuenta de la comida que les quedaba: media libra de arroz y papa hervidas. Pero no tenían agua potable. Explorando la zona la encontraron a unos 300 metros de distancia, escalando las peñas para reunir las gotas de agua que resbalaban por la lama de las piedras, utilizando un plástico a modo de canal. También recogían el agua de las constantes lluvias para lavarse y asearse lo mejor que podían.

Esa noche fue deprimente para todos ellos. A pesar de conocer la logística que conlleva un rescate, estaban tan desesperados que esperaban ser rescatados ese mismo día. Para colmo de males, Rubén Murillo convulsionó hasta desmayarse. Cuando recobró el sentido, no reconoció dónde estaba ni a sus compañeros.

Pasaron largos y angustiosos minutos hasta que le volvió la memoria y recordó todo lo que había vivido esos días. Entonces sus compañeros hablaron de no esperar más y tratar de salir por sus propios medios de la selva, a lo que Rubén se opuso. Las intensas lluvias habían hecho crecer tanto el río que cruzarlo como estaba era un suicidio. Aunque sus compañeros se trabaron en una discusión sobre el tema, primó la razón y decidieron esperar.

Ese domingo, madrugaron a mantener la mente ocupada armando un helipuerto improvisado con los machetes que tenían. A las 10 de la mañana, mientras recogían agua potable, escucharon el primer sobrevuelo del helicóptero de la Fuerza Aérea. “Fue como música para los oídos. Sencillamente nos emocionamos todos y empezamos unos a recoger el equipo y otros a hacerle señas para que nos viera”, relata Rubén.

Y en el tercer sobrevuelo, la nave los avistó, a 300 metros de altura. Como no había espacio suficiente para que el helicóptero bajara, fue necesario un mecanismo parecido a una canastilla, donde cabían 2 personas, para subirlos a todos. El rescate de los rescatistas duró 1 hora. A mediodía, llorando de la felicidad, los sobrevivientes llegaron al batallón de ingenieros Rafael Navas Pardo, del Ejército Nacional, en el municipio de Tame, donde tuvieron una revisión médica general y de allí los enviaron al Hospital San Antonio, en esa municipalidad, para una revisión más exhaustiva.

En el hospital no les fue bien. El personal asistencial no los quiso atender de forma urgente, por lo que algunos de ellos pidieron ser trasladados a otros hospitales, mientras que otros prefirieron simplemente volver a casa. La odisea había terminado.

“Esta experiencia te enseña a valorar la vida. No importa que seas rescatista y que tengas experiencia en este tipo de situaciones. Aprendes a valorar a los compañeros y tener en cuenta sus opiniones. Aprendes a compartir; allá en la selva una galleta valía oro, una chocolatina nos la comíamos entre todos”, dice Murillo. Pero para él, la enseñanza no menos importante es que hay que respetar a la naturaleza. “Si te burlas de ella, te puede costar la vida”, opina.

A la obligada pregunta de si volvería a la selva del Cocuy a intentar otra vez encontrar la causa del lodo en el río Cravo, contesta: “Sí. Pero con más garantías. Esta vez no teníamos luces de bengala ni teléfonos satelitales; teníamos los personales de cada uno, pero no había señal. Y tendría que mejorarse la gestión para la comida, alguien que sobrevuele la zona donde estemos y la lance desde el aire. Si no va a haber eso, no lo intento.”

Por ahora, la solución para los ribereños del río Cravo quedó en veremos, pues aunque al parecer hay indicios de que el presunto taponamiento se ha ido reduciendo lentamente, aún falta conocer los resultados de las anotaciones tomadas por los geólogos y organizar las reuniones pendientes para formar un nuevo grupo de rescatistas que vayan a la zona.

Y mientras eso ocurre, Rubén Murillo se dedicará, como siempre, a su trabajo como jefe operativo del grupo Garsa, que combina con sus otras pasiones: la familia, la radio y el deporte.