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Contrabando de carne: ¿Un drama sin fin?

Por: Jennifer Villamizar.

Resulta una ironía cruel, que siendo Arauca un departamento evidentemente ganadero, el frigomatadero –lugar legalizado para el sacrificio de carne en canal para el municipio capitalino- haya estado paralizado por el escaso trabajo, mientras que la carne de contrabando abunda en todas partes.

Este problema es lo más parecido que hay a una Hidra de Lerna, el monstruo acuático que, según la mitología grecorromana, Hércules mató en el segundo de sus 12 trabajos. Por cada cabeza que le cercenaban, le crecían 2 más. Así está el contrabando cárnico en Arauca: por cada incautación de la Fuerza Pública, aparecen nuevas trochas y más carne ilegal en la zona.

Las cifras que se conocen del Frigomatadero, apuntan a que cuando el contrabando arrecia, las reses sacrificadas no superan las 20 por jornada, incluso puede bajar a 10, lo que es insuficiente para surtir de este alimento a una región en donde la carne de res tiene un fuerte protagonismo en su dieta.

La ironía aumenta, si se piensa que la mayoría de la carne que se consume en el departamento, sobre todo en frontera, ni siquiera es colombiana, pues los ganaderos araucanos no ven ganancias a la hora de sacrificar sus reses en el Frigomatadero, bajo las condiciones sanitarias exigidas por el Invima. Pero ven cómo los venezolanos la traen desde su propio país y la ofrecen en mercados “persas” organizados a las volandas cerca al río Arauca, o casa por casa. El corte que quiera, la cantidad que desee.

Venezuela no está libre de la Brucelosis, ni de la fiebre aftosa, como sí lo está Colombia. Es un secreto a voces que la carne es sacrificada en condiciones lamentables de higiene, que por lo visto a nadie le importa por allá; llega a las carnicerías venezolanas, y según dicen, tienen la carne vendida sin haber matado la res todavía, pues los pedidos se hacen por adelantado y los venden a los “bachaqueros”, como les dicen a los contrabandistas venezolanos, porque todo parece indicar que les reporta más ganancias que venderla al venezolano común.

El producto pasaba por todo tipo de superficies, para nada higiénicas, hasta que llegaba a Arauca de dos maneras: expuesta al aire libre y el sol ardiente, además de pisoteada por las moscas, sobre una mesa de plástico, o en morrales y bolsas plásticas que venden casa por casa, con el susto de que la Policía o el Ejército les quiten lo que tanto trabajo les ha costado traer. Eso sí, a ningún cliente le dicen que para que la carne no se les pudra más de lo que ya está antes de venderla, le inyectan peróxido de hidrógeno, que ingerido continuamente, causa graves problemas de salud.

Algunos saben que lo que hacen es ilegal, pero argumentan que se ven abocados a hacerlo, porque no les queda de otra: en sus casas están pasando hambre, el bolívar fuerte no vale ni lo que cuesta producirlo y lo único que quieren es sobrevivir. Por eso, dormían en el Malecón Ecoturístico, o en las canchas de las riveras del río Arauca, para ahorrarse lo del hotel. Pero la Policía los retiró de allí. Ha habido casos en los que, si es que tienen para almorzar, es porque entre tres venezolanos juntan lo que vale un solo almuerzo de restaurante, lo compran y se lo reparten entre ellos, con la esperanza de entretener al estómago, para que éste no les haga sentir de a mucho el hambre que los azota.

Ellos dicen que lo mínimo que han bajado son 10 kilos de peso, con la “dieta” que el propio presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, se atrevió a bromear en televisión: “La dieta de Maduro, la que te pone duro”. Una funcionaria de ese gobierno, que pidió reserva de su nombre, asegura que tanto ella, como sus hijos se volvieron veganos por obligación, pues ni los subsidios que le da el gobierno para comer, le alcanzan para cosa diferente a plátano, yuca, verduras y algo de aceite. Pueden pasar meses sin probar carne, o huevos, incluso arroz, porque prácticamente todo cuesta más de lo que gana en un mes.

Con los controles de las autoridades colombianas, más efectivas que las venezolanas en este tema, se acabaron los mercados persas, es cierto. Y ha disminuido la romería diaria de venezolanos ofreciendo de todo, hasta servicios sexuales, en los hogares y parques de Arauca. Eso sí que no se ha acabado.

Porque este fenómeno sigue llevando a la quiebra a muchos comercios colombianos. Algunos de sus dueños, desesperados por las deudas y las complejas situaciones que esto les genera en sus hogares, han preferido ahorcarse, con tal de dejarle el problema a su familia y no seguir viendo cómo se destruye la vida que conocían y que tanto se esforzaron por forjar.

Según las autoridades, los controles y decomisos son recurrentes en la zona y pretenden continuar así en esta lucha. De hecho, el Ejército recientemente incautó la friolera de 200 kilos de carne ilegal. Pero a pesar de los esfuerzos para erradicar el contrabando, parece imposible eliminarlo, pues cientos de kilos de diferentes productos siguen pasando en lancha por las aguas del río Arauca.

Tal y como he dicho anteriormente: esto parece una hidra, pero de Arauca.