El Diario de la Independencia reconstruye, día por día, los acontecimientos de la Campaña Libertadora de 1819 a partir de documentos históricos, memorias de protagonistas e investigaciones académicas. La narración utiliza recursos propios de la crónica periodística para acercar al lector a los hechos, pero no inventa diálogos ni piensa como si fueran hechos históricos. Cuando existen diferencias entre las fuentes, estas se señalan expresamente.
Provincia de Tunja, 30 de julio de 1819.
El amanecer encuentra los caminos nuevamente llenos de hombres.
Las improvisadas cocinas de campaña se apagan una tras otra mientras los soldados recogen sus pocas pertenencias. Algunos aún llevan vendas bajo la camisa. Otros apenas pueden ocultar el cansancio acumulado después de semanas de marcha, del cruce del páramo de Pisba y de los combates librados días atrás.
Pero nadie recibe la orden de descansar.
La orden es otra.
Marchar.
El Ejército Libertador vuelve a ponerse en movimiento.
Y no es una marcha cualquiera.
Cada kilómetro recorrido acerca a los patriotas a Santafé, pero también aumenta el riesgo de encontrarse nuevamente con las tropas del coronel español José María Barreiro.
Los oficiales revisan una última vez el estado de las compañías. Los lanceros aseguran sus armas. Los pocos fusiles disponibles vuelven a cargarse. Las mulas transportan pólvora, alimentos y municiones que comienzan a escasear.
Nada sobra. Todo pesa. Todo hace falta.
Mientras tanto, en el campamento realista ocurre algo similar.
Barreiro tampoco permanece inmóvil.
Sus exploradores recorren caminos y poblaciones buscando noticias sobre los movimientos patriotas. Cada informe puede convertirse en una ventaja o en una trampa.
La campaña entra en una nueva etapa.
Ya no se trata únicamente de conservar el ejército.
Ahora comienza una carrera por ocupar el terreno antes que el enemigo.
En los pueblos de la provincia, los habitantes observan con incertidumbre el paso de las tropas. Algunos ofrecen agua o alimentos. Otros prefieren cerrar sus puertas y esperar a que el conflicto continúe su camino.
La guerra pasa frente a sus casas.
Y nadie puede saber cuándo regresará.
Cada jornada que transcurre reduce el margen de error para ambos comandantes.
La decisión final todavía no llega. Pero cada paso comienza a acercarla.
Porque los ejércitos no cambian la historia cuando se detiene. La cambian cuando deciden volver a caminar.
El protagonista del día
El soldado anónimo
La historia suele recordar a Bolívar, Santander, Rondón o Barreiro.
Pero la Campaña Libertadora también fue posible gracias a cientos de soldados cuyos nombres nunca quedaron registrados.
Muchos caminaban descalzos, con la ropa desgastada y escasas provisiones. Aun así, comenzarán avanzando por caminos difíciles, cargando armas, municiones y la esperanza de cambiar el destino del virreinato.
Ellos también hicieron posible la independencia.
¿Sabía que...?
En 1819 un ejército podía recorrer entre 15 y 25 kilómetros diarios, dependiendo del terreno, el clima y el estado de las tropas. Después del cruce del páramo de Pisba y de los recientes combates, mantener ese ritmo representaba un enorme esfuerzo físico para patriotas y realistas.
Cómo se construyó esta historia.
Daniel Florencio O'Leary. Memorias del General O'Leary.
José Manuel Restrepo. Historia de la Revolución de la República de Colombia.
Armando Martínez Garnica. La Campaña Libertadora de 1819.
John Lynch. Simón Bolívar.
Academia Colombiana de Historia.
Biblioteca Virtual del Banco de la República.
Ejército Nacional de Colombia. Publicaciones sobre la Campaña Libertadora.
Mañana en el Diario de la Independencia
31 de julio de 1819
Los caminos empiezan a convertirse en un tablero de ajedrez. Cada movimiento de Bolívar busca adelantarse a Barreiro, mientras los exploradores de ambos bandos intentan descubrir el siguiente paso del enemigo. La guerra entra en una fase donde la información puede valer tanto como un ejército.