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La leyenda del tesoro de Caribabare

Nace de la historia de un tesoro dejado por los jesuitas en las sabanas de Arauca y Casanare.

La leyenda del tesoro de “Caribabare” no es únicamente patrimonio de la cultura ancestral de Arauca: pertenece en mayor grado a la región del Casanare. Sin embargo, es rescatable dentro de estas tradiciones en por que el llano primitivo es uno, y como tal existe una casi perfecta identificación en sus tradicionales.

“La hacienda Caribabare fue la de mayor extensión y productividad, de las poseídas por la Compañía de Jesús en el Casanare. Entre Diciembre de 1765 y Julio 1767. El ingreso promedio de esta hacienda fue así: producto bruto $9.192.00. Gastos $294.oo, dando un resultado líquido de $8.898.oo.

Cuando se hizo el inventario de esta hacienda en 1760, se expresó lo siguiente: tierras de una y de otro lado del Casanare... 10.606 reses...4

Conozcamos en este breve marco contextual la leyenda del Tesoro de Caribabare:

El Real Decreto de la expulsión de los hijos de Loyola, dictada en el año de 1767 por Carlos III, se había promulgado en Colombia, y aquellos para poner a salvo enormes riquezas de la institución, haciendo uso del escaso tiempo que se les concedía para su éxodo, empezaron a movilizar secreta y activamente toda clase de valores transportables hacia la Cordillera Oriental, con el fin de ocultarlos en alguno de los solitarios y selváticos parajes de las pampas del Casanare.

La idea de San Salvador o Puerto de Casanare, por su situación más próxima a la llanura y su mejor ubicación por estar sobre la margen de un río navegable, fue el lugar escogido. El padre Manare, discípulo de la orden, fue el encargado de ejecutar las disposiciones de ésta.

Haciendo paradas de día en los sitios más despoblados y largas jornadas de noche, de todos los puntos del país se destacaron expediciones que llegaban sigilosamente a Puerto de Casanare, depositaban en la Casa Cural sus

cargamentos y luego desaparecían.

Atendiendo al arribo de estas expediciones, no descuidando el desempeño de su ministerio, tuvo todavía tiempo el Padre Manare, de emprender en un discreto sitio de las sabanas de Caribabare, una excavación revestida de mampostería y pudo trasladar a ella los tesoros que le habían sido confiados.

Poco a poco, trabajando con el auxilio de los peones llaneros, de noche y con la inquietud de que fueran sorprendidos, la excavación fue colmándose con el tesoro de la Compañía. Era, según la tradición, un tesoro inmenso que podía emular con el de la gruta de la isla de Montecristo. Allí fueron cayendo cajas y más cajas de vasos sagrados y joyas religiosas de inestimable valor; se aglomeraban lingotes de oro y de plata traídos por toneladas de Antioquia y Chocó, se hacinaron cofres de piedras preciosas; se superpusieron sacos de monedas de oro, de plata, de todos los valores y de todos los países.

Este tesoro inmenso llenó un cuadrilátero de más de seis metros y, cuando estuvo colmado, fue cubierto con lápida de piedra y con un concreto de calicanto que lo aislaba de la humedad. Luego se desvió la corriente de un riachuelo cercano, y sus aguas mansas y tranquilas corrieron sobre aquel depósito y borraron todo vestigio, toda huella de aquellas riquezas que hubieran podido formar la grandeza de un imperio.

Cumplida esta tarea, el padre Manare había concluido su misión. Nada le quedaba por hacer en aquellos lugares y tomó el camino del ostracismo, impuesto por sus hermanos. Nadie volvió a saber de él; pero cuentan en las crónicas que años después, en las épocas de plenilunio cuando el astro caía, en alguna parte del Caribabare los llaneros veían, sin que cuerpo alguno se proyectara, la sombra negra y escueta de un religioso que vagaba por las pampas. Y se decía que era el alma del padre Manare, que custodiaba el tesoro de la compañía.

Aún no se ha cerrado el caso de la leyenda del tesoro de Caribabare. Cuentan que en 1944, cuando las compañías petroleras exploraban el llano, una comisión que con un gravímetro llevaba un detector de minas, encontró el tesoro de los jesuitas.

Es más, se dice que las compañías junto con el petróleo buscaban los tesoros ocultos en los sitios donde hubo pueblos y que fueron muchas las guacas que sacaron, cavando por doquiera con el pretexto de adelantar misión exploratoria de petróleo.

Sin embargo, hay quienes aseguran que el tesoro aún no ha sido encontrado y que existe un mapa que tenía un hombre que enloqueció; este hombre era el guía del jesuita español que, remontando el Orinoco, el Meta y el Casanare, llegó al Puerto de San Salvador, hoy apenas un caserío, y allí murió a consecuencia de una fiebre muy alta.


SEPULVEDA, Escobar, Carlos Humberto. Ensayos de historia araucana. Ediciones Gente Nueva. Bogotá 1992, p. 124. 

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