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Tradición oral que nació antes que el arpa, cuatro, maracas y bandola.
Cultura

Cuando el Llano cantaba antes que el arpa

El idioma secreto de los hombres que aprendieron a hablarle al ganado.

Antes de que el arpa, el cuatro y las maracas llevaran el nombre del Llano a las tarimas, hubo otra música.

No necesitaba instrumentos.

Nacía de una garganta, de un silbo, de un grito prolongado que atravesaba la sabana. A veces era una tonada suave en la madrugada. Otras, un llamado capaz de viajar por encima del mugido de las reses y del viento.

Era la voz del hombre en medio de la inmensidad.

Y no se cantaba para que alguien aplaudiera. Se cantaba para trabajar.

Durante generaciones, los llaneros aprendieron que para arrear una manada no siempre hacía falta perseguirla; que una vaca podía tranquilizarse al escuchar la voz conocida de quien la ordeñaba; que un caballo podía responder a un llamado; que en una noche de travesía la voz humana podía ayudar a mantener sereno al ganado.

En esa relación cotidiana entre hombre, animal y sabana nació una de las expresiones más singulares de la cultura de la Orinoquia: Los Cantos de Trabajo de Llano.

Hoy sabemos que aquello que alguna vez pareció simplemente parte de la rutina de un hato está reconocido como patrimonio cultural inmaterial. En 2017, la UNESCO inscribió los Cantos de Trabajo de los Llanos de Colombia y Venezuela en la Lista del Patrimonio Cultural Inmaterial que requiere medidas urgentes de salvaguardia.

Pero antes de ser patrimonio, fueron trabajo.

Y antes de ser estudiados, fueron una manera de vivir.

Una voz para cada faena

La tradición reúne cuatro grandes expresiones: Los cantos de ordeño, los de cabrestero, los de vela y los cantos de domesticación, estos últimos asociados a silbos, gritos, llamados y japeos.

Todos tenían un propósito.

El canto de ordeño acompañaba las primeras horas del día, cuando hombres y mujeres entraban al corral mientras todavía la oscuridad cubría la sabana. La voz ayudaba a tranquilizar a las vacas y a acostumbrarlas a la presencia de quien las ordeñaba.

El de cabrestero acompañaba el desplazamiento del ganado. Durante las largas jornadas, la voz ayudaba a mantener la dirección de la manada, a hacer que las reses se “ajilaran”, es decir, que tomaran camino y avanzaran en la dirección deseada.

Los cantos de vela tenían otra misión: Durante las noches de las travesías, ayudaban a mantener tranquilo al ganado y a evitar que una tormenta, un ruido inesperado o cualquier otro sobresalto provocara una estampida.

Y estaban los sonidos que quizá mejor revelan la intimidad de aquella comunicación: Los silbos, los gritos, los llamados y los japeos.

No eran adornos. Eran herramientas de trabajo.

Un documento del Ministerio de Cultura recoge una explicación del investigador y portador araucano Hugo Martínez Arteaga que resume esa relación: “Usted le canta a la vaca para ordeñarla”.

En pocas palabras está contenida una forma completa de entender el mundo.

El hombre no estaba simplemente imponiéndose sobre el animal. Estaba aprendiendo a hacerse reconocer.

La vaca también tenía nombre

Quizá uno de los detalles más hermosos de esta tradición está en algo que hoy podría parecer insignificante: Las vacas tenían nombre.

No era solamente una manera de identificarlas.

El nombre hacía parte de la relación que se construía con ellas.

En los testimonios recogidos para el Plan Especial de Salvaguardia aparecen nombres puestos según el color, las manchas o alguna característica particular del animal. Una vaca podía llamarse Lucero, Luna Clara, Media Luna o recibir nombres tan inesperados como Gaviota, Tormenta o Pintora.

Desde que la novilla comenzaba a ser amansada, su nombre podía acompañarla durante toda la vida.

Y cuando llegaba la hora del ordeño, aquel nombre volvía a aparecer entre la melodía, los silbos, las palmadas y las palabras del ordeñador.

El canto podía ser una copla, una improvisación, un mensaje, una ocurrencia o simplemente una sucesión de sonidos.

No había arpa, ni cuatro, ni escenario.

La vaca era la destinataria y la sabana, el auditorio.

La sabana también se cantaba

Con el tiempo, aquellos cantos dejaron de hablar únicamente de animales.

También comenzaron a contar historias.

Las largas travesías del ganado podían durar semanas. Los hombres atravesaban caminos, sabanas y fundos; llegaban a lugares donde encontraban otras personas, escuchaban noticias, conocían historias y recogían nuevas coplas.

Así, la voz del cabrestero también se convirtió en una forma de memoria.

En ella cabían el amor, la nostalgia, la picardía, la épica, los acontecimientos cotidianos y hasta la descripción de los lugares por donde pasaba la manada.

El Ministerio de Cultura señala que estos cantos poseen una doble dimensión: Son herramientas prácticas de trabajo, pero también expresiones de identidad, memoria y comunicación.

Por eso resulta difícil separarlos completamente de la historia del Llano.

Porque allí donde un hombre cantaba mientras conducía ganado también estaba narrando el territorio que conocía.

El silencio comenzó a llegar

Pero el Llano cambió.

Las antiguas rutas ganaderas se convirtieron en carreteras. Los hatos se transformaron. Algunas prácticas de la ganadería tradicional fueron reemplazadas por procesos de tecnificación. La urbanización, los nuevos modelos productivos, la reducción de los espacios de trabajo tradicional y los cambios en las formas de vida fueron alejando a las nuevas generaciones de aquellos saberes.

El propio Plan Especial de Salvaguardia describe ese proceso: Las viejas rutas, los grandes hatos y algunas prácticas asociadas a la ganadería tradicional fueron perdiendo espacio frente a nuevas dinámicas económicas y territoriales.

Y cuando desaparece la faena, también puede desaparecer la necesidad de cantar.

Ese es quizá el mayor peligro para una tradición como esta.

Porque un canto puede grabarse.

Puede escribirse.

Puede llevarse a un festival.

Incluso puede enseñarse en una escuela.

Pero hay algo que resulta mucho más difícil de conservar: El mundo que le daba sentido.

¿Qué ocurre con el canto de cabrestero cuando ya no existe la larga travesía que debía acompañar?

¿Qué pasa con el llamado de la madrugada cuando el ordeño cambia?

¿Quién aprende el silbo de un hombre que pasó toda su vida entendiendo el comportamiento de una manada, si ya no hay nadie que necesite aprenderlo?

Antes del escenario estaba la sabana

Tal vez por eso los Cantos de Trabajo de Llano merecen ser escuchados de otra manera.

No como una curiosidad del pasado.

No únicamente como una expresión folclórica.

Y tampoco solamente como el antecedente de la música que hoy conocemos.

Son la huella sonora de una relación entre una comunidad, sus animales y un territorio.

Están presentes en municipios de Arauca, Casanare, Meta y Vichada y hacen parte de una tradición compartida por los Llanos de Colombia y Venezuela.

Y quizá allí está una de las claves para comprender la cultura llanera.

Antes de que el Llano tuviera festivales, tarimas y concursos, tuvo madrugadas.

Antes de que hubiera espectadores, hubo trabajo.

Antes de que alguien afinara un arpa, hubo un hombre a caballo llamando a su ganado.

Y antes de que aquella voz fuera considerada patrimonio, simplemente era necesario que alguien cantara.

Porque en la inmensidad de la sabana, a veces cantar no era hacer música: Era hacerse escuchar.

Y tal vez por eso, cuando todavía queda un viejo cantador capaz de silbarle a una res, de llamar una manada o de recordar una tonada aprendida de sus mayores, no estamos escuchando solamente una canción.

Estamos escuchando al Llano tratando de recordar cómo sonaba cuando todavía nadie lo estaba mirando.

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