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Por donde Manuela Sáenz envió a Simón Bolívar, para que escapara de sus conspiradores.
Cultura

La noche en que Bolívar huyó por una ventana

En un día como hoy, 25 de septiembre, en el año de 1828 hubo lo que más adelante se conoció como la Conspiración Septembrina. En Llanera.com, luego de consultar fuentes históricas serias y rigurosas, tratamos de reconstruir humildemente este fragmento de la historia colombiana en la crónica que aparece a continuación. Esperamos de corazón que la disfruten.

Bogotá, 25 de septiembre de 1828.

La ciudad estaba a oscuras.

En algún lugar del Palacio de San Carlos, Simón Bolívar dormía.

Había pasado años cabalgando entre guerras, cruzando montañas, perdiendo hombres y ganando batallas. Había entrado en ciudades como vencedor y había visto caer imperios que parecían eternos.

Pero aquella noche no lo salvaría un ejército.

Lo salvaría una ventana. Y una mujer.

Afuera, Bogotá guardaba silencio. Pero no todos dormían.

Hombres armados comenzaban a moverse por las calles. Algunos eran militares. Otros, civiles. Entre ellos había jóvenes que habían hecho de la política, la literatura y las reuniones clandestinas el escenario de su inconformidad.

No iban a discutir. Iban por Bolívar.

La fecha originalmente prevista para el golpe era otra. Los conspiradores habían pensado actuar el 28 de octubre, durante las celebraciones de San Simón. Pero algo cambió sus planes: el temor de que la conspiración hubiese sido descubierta hizo que adelantaran la acción.

Así que decidieron adelantarla para el 25 de septiembre.

Aquella noche.

La República que ya no cabía en una sola idea

La Gran Colombia llevaba apenas unos años de existencia y ya estaba partida por dentro.

Bolívar y Santander habían recorrido juntos buena parte del camino de la Independencia. Pero la victoria contra España no había resuelto la pregunta más difícil:

¿Cómo se gobernaba una República recién nacida?

Bolívar veía un país amenazado por las divisiones internas y defendía un poder ejecutivo fuerte. Santander defendía la autoridad de las leyes y de las instituciones civiles.

Las diferencias dejaron de ser simples discusiones entre antiguos aliados.

Se convirtieron en una pelea por el rumbo de la República.

La Convención de Ocaña había fracasado meses antes. Bolívar había asumido poderes dictatoriales. Sus adversarios denunciaban lo que consideraban una concentración excesiva del poder.

La ciudad estaba llena de rumores.

Y los rumores, en tiempos de conspiración, pueden convertirse rápidamente en pólvora.

Entre los inconformes había militares, civiles, estudiantes y políticos. Algunos buscaban cambiar el gobierno. Otros querían restaurar el orden constitucional.

Y algunos estaban dispuestos a llegar mucho más lejos.

Hasta matar al Libertador.

Después de la medianoche

Los primeros movimientos comenzaron cerca de la medianoche.

Un grupo se dirigió hacia el cuartel del Vargas.

Otro tenía una misión distinta: liberar al almirante José Prudencio Padilla, héroe de las guerras de Independencia que permanecía preso.

El tercero tenía el objetivo más peligroso: El Palacio de San Carlos.

Allí estaba Bolívar.

Los conspiradores conocían contraseñas militares y consiguieron penetrar en el edificio. La sorpresa fue parte de su arma.

La noche se rompió con el ruido de los hombres entrando, los centinelas reducidos y las armas desenvainadas.

En el Palacio, Bolívar dormía.

A su lado estaba Manuela Sáenz.

Entonces llegaron los sonidos.

Los perros comenzaron a ladrar.

Manuela despertó. Bolívar también.

Ya no había tiempo para averiguar qué ocurría.

Los hombres estaban dentro.

La puerta no era una opción 

Bolívar tomó sus armas.

La posibilidad de enfrentar a los atacantes existía, pero era mínima.

Eran demasiados. Y estaban cada vez más cerca.

Entonces Manuela entendió algo que Bolívar quizá todavía no había comprendido: si se quedaba, moriría.

Había que salir. Pero la puerta estaba vigilada.

La única salida posible era una ventana.

Bolívar no quería escapar. Manuela insistió.

Años después, aquella decisión quedaría convertida en uno de los episodios más recordados de la vida de ambos.

El Libertador salió por la ventana.

Saltó hacia la calle. Y comenzó a huir.

Mientras tanto, Manuela se quedó. No porque no tuviera miedo.

Sino porque alguien tenía que detener a los hombres que buscaban al hombre que acababa de escapar.

“¿Dónde está Bolívar?”

Los conspiradores entraron a los aposentos.

Bolívar no estaba.

Entonces comenzaron las preguntas.

—¿Dónde está Bolívar?

Manuela no les entregó la respuesta.

Ganó tiempo. Los confundió. Los enfrentó.

Mientras ellos buscaban dentro del Palacio, Bolívar se alejaba por las calles de Bogotá.

Y esa mujer, que había sido cuestionada, criticada y despreciada por sectores de la sociedad de su tiempo, estaba haciendo algo que esa misma noche cambiaría para siempre su lugar en la memoria de la Independencia.

Estaba salvándole la vida al Libertador.

Tres horas bajo un puente

Bolívar llegó hasta el antiguo puente del Carmen.

Debajo estaba el río San Agustín. Allí se escondió.

El hombre que había liberado territorios enteros permaneció oculto durante horas, mientras sus perseguidores recorrían la ciudad.

Arriba continuaban los enfrentamientos.

Abajo, en la oscuridad, Bolívar esperaba.

No podía saber con certeza quién controlaba la ciudad.

No podía saber quién había muerto.

No podía saber si los conspiradores regresarían.

Solo podía esperar.

La imagen resulta casi imposible de imaginar: Simón Bolívar, presidente de la Gran Colombia, escondido debajo de un puente de Bogotá para no ser asesinado.

Mientras tanto, la conspiración comenzaba a desmoronarse.

El ataque al cuartel del Vargas no había producido el resultado esperado.

Las tropas leales al Gobierno resistieron.

Los conspiradores no consiguieron controlar la guarnición.

El intento de liberar a Padilla tampoco produjo la rebelión militar que algunos habían imaginado.

La ciudad comenzaba a recuperar el control.

Y Bolívar seguía vivo.

El hombre que murió por Bolívar

En medio de aquella noche también hubo muertos.

William Ferguson, edecán de Bolívar, acudió al Palacio durante los enfrentamientos.

Fue alcanzado por un disparo. Murió.

Su cuerpo quedó como testimonio de una conspiración que había estado a punto de cambiar la historia de Colombia.

Otros resultaron heridos.

La sangre de aquella noche no quedó solamente en las calles.

También quedó en la memoria política de la República.

Cuando amaneció

La madrugada comenzó a clarear.

Bolívar salió de su escondite.

La conspiración había fracasado.

El hombre al que habían ido a matar estaba vivo.

Y la mujer que había conseguido que escapara también.

Desde entonces, Manuela Sáenz quedó asociada para siempre con aquella noche.

“La Libertadora del Libertador”.

El nombre no nació de una batalla.

Nació de una ventana.

Pero la historia apenas comenzaba

El fracaso del atentado desencadenó una persecución.

Comenzaron las capturas, los interrogatorios, los procesos, las condenas.

Varios de los implicados fueron ejecutados.

Entre ellos terminó el almirante José Prudencio Padilla, uno de los grandes héroes navales de la Independencia.

La República respondió a la conspiración con una severidad que profundizó todavía más las heridas políticas.

Y entonces apareció el nombre que dividiría la historia entre acusaciones y dudas: Francisco de Paula Santander.

Santander fue señalado como participante de la conspiración, procesado y condenado a muerte.

Pero Bolívar terminó conmutando la pena.

Santander salió hacia el exilio.

¿Había participado directamente en el plan para asesinar a Bolívar?

La respuesta ha sido discutida durante casi dos siglos.

Existían vínculos entre algunos conspiradores y sectores cercanos al santanderismo. Existía, además, una profunda confrontación política entre ambos antiguos aliados.

Pero una cosa era la oposición política.

Otra, ordenar un asesinato.

Y precisamente ahí la historia se vuelve más compleja.

Los documentos del proceso, los testimonios y las interpretaciones posteriores no han producido una versión única que permita cerrar el asunto con una frase.

Por eso, más que repetir una acusación como certeza, hay que dejar que los documentos hagan su trabajo.

La Conspiración Septembrina fue real.

El intento de llegar hasta Bolívar también.

La condena de Santander, igualmente.

Pero la dimensión exacta de su responsabilidad continúa siendo uno de los grandes debates de aquel episodio.

La República después del atentado

Bolívar sobrevivió a la noche del 25 de septiembre.

Pero aquella noche dejó una República todavía más fracturada.

La persecución contra sus adversarios aumentó.

La distancia entre bolivarianos y santanderistas se hizo más profunda.

Y la Gran Colombia siguió caminando hacia su disolución.

Dos años después, Bolívar moriría en Santa Marta.

La República que había ayudado a construir ya estaba rota.

Santander regresaría del exilio y terminaría siendo presidente de la Nueva Granada.

La historia de ambos seguiría avanzando por caminos separados.

Pero hubo una noche en que sus destinos estuvieron a pocos pasos de encontrarse en una habitación del Palacio de San Carlos.

La ventana

Hoy Bogotá es otra.

El río San Agustín ya no corre como entonces.

El viejo puente del Carmen pertenece a otra ciudad.

Las calles por donde huyó Bolívar han cambiado.

Pero la ventana permanece en la historia.

No como una simple abertura en una pared.

Sino como el punto exacto por donde un hombre salió de la muerte.

Bolívar había sobrevivido a ejércitos, emboscadas, derrotas y campañas interminables.

Pero aquella noche no venció con una espada.

No disparó un cañón.

No dirigió una carga de caballería.

Huyó.

Y mientras él corría por las calles oscuras de Bogotá, una mujer se quedó atrás: Manuela Sáenz.

Ella enfrentó a los hombres que buscaban al Libertador.

Ella ganó los minutos que él necesitaba.

Ella convirtió una ventana en una salida.

Y una noche de conspiración, sangre y miedo en una de las escenas más cinematográficas de la historia de la Independencia.

Por eso, cuando se habla de la Conspiración Septembrina, la historia suele comenzar con los hombres que quisieron matar a Bolívar.

Pero quizá debería comenzar de otra manera.

Con una ciudad dormida.

Con unos hombres avanzando en silencio.

Con un hombre despertando sobresaltado.

Con una mujer diciéndole que tenía que salir.

Y con una ventana abierta hacia la oscuridad.

Era la noche del 25 de septiembre de 1828.

Y por aquella ventana acababa de escapar el Libertador.

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